El plan para ese día aún no estaba fijado, pero pensó que con su falda corta de tablas y su camisa roja ajustada se sentía cómoda y, al mismo tiempo, muy atractiva y sensual. Sus botas altas negras de tacón de aguja darían el toque definitivo de sofisticación. Extendió su ropa sobre la cama para evitar que se arrugase y comenzó a desnudarse mientras regresaba al baño. Su pijama de rayas, arrugado en el suelo del pasillo, fue el único testigo de su lenta inmersión en la bañera. La temperatura del agua era perfecta. No pudo evitar suspirar de satisfacción cuando estiró las piernas una vez dentro. Eligió el jabón más cremoso para limpiar e hidratar su piel. Utilizó también la esponja de textura más rugosa para lograr un efecto exfoliante. Cuando hubo terminado de enjabonar cada centímetro de su piel, se quedó un rato con los ojos cerrados y completamente quieta. Le gustaba concentrarse en su respiración y en el olor que desprendían las velas. Perdía la noción del tiempo cuando estaba tan relajada. Las yemas de sus dedos comenzaron a arrugarse debido a la humedad, así que se aclaró y se envolvió en la toalla. Mientras tiraba del tapón y observaba como la espuma desaparecía por el agujero de la bañera se le ocurrió una idea: daría una sorpresa a su chico. Cogió una cuchilla y se afeitó por completo el pubis. La lengua de su amante se deslizaría por su piel como si de un tobogán se tratase. Comprobó el resultado pasando suavemente sus dedos por la entrepierna. Se notaba sensible como pocas veces, tanto que un leve jadeo se escapó de su boca. Dudó si dejarse arrastrar por el deseo o esperar para poder compartir ese mágico instante con su pareja. Se decantó por la segunda opción. Continuó extendiéndose la crema hidratante por las piernas, los hombros, el pecho y por cada rincón de su cuerpo. Limpió el vaho del espejo con la toalla para poder contemplar sus pezones erectos por efecto del masaje. A Antonio le gustaban sus pechos, solía decirle que los modelaba a su gusto. Además, siempre había admirado la suavidad de su piel. Clara procuraba echarse crema a diario para conseguir más caricias por su parte.
Se hacía tarde. Dejó la toalla y salió desnuda al pasillo. Su pijama fue nuevamente testigo del extraordinario brillo de su piel provocado por la crema hidratante. Se vistió con sumo cuidado para no enganchar las medias. Dejó sin abotonar tres botones de su camisa, quería dejar claro que hoy le apetecía ser una niña traviesa y juguetona. Los pendientes de plata vieja que le había regalado su pareja por su cumpleaños serían su único complemento. Eso y unas gotas de perfume. Decidió no maquillarse, ese día le gustaba especialmente la tonalidad y frescura de su rostro. Sólo necesitaba un poco de cacao para los labios. Imaginando su aspecto una vez prescindiera de la falda y la camisa, regresó al baño en busca del cacao, pero no le dio tiempo, el timbre sonó. Recogió apresuradamente el pijama del suelo del pasillo y abrió la puerta. Antonio entró como tenía por costumbre, besando sus labios de forma mecánica y mascullando su eterno "Hola nena". Apareció vestido con su viejo pantalón de chándal y la misma camiseta azul del día anterior. Olía a sudor. Venía cansado de jugar al fútbol con sus amigos. Se tiró en el sofá y le propuso quedarse en casa. Encargarían pizza y comerían tranquilamente mientras veían la televisión. "Tal vez se le olvidó preguntar otras opciones" pensó ella mientras un sentimiento de ridículo le embargaba viéndose reflejada en el espejo de la entrada. Antonio le preguntó si la camisa que llevaba había encogido o pretendía enseñar las tetas a todo el vecindario. Se lo tomó bien e, incluso, le hizo una mueca similar a una sonrisa, pero mientras su chico tomaba entre sus manos el mando a distancia en lugar de tomarla a ella, la sensación de que su historia de amor no sería para siempre se abría paso irremediablemente en su interior.
2 críticas:
muy buena... sobre todo el final.
Eso es lo que me han dicho más sobre este relato, que el final es lo mejor. Gracias por tu opinión.
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