miércoles, 7 de mayo de 2008

Hotel Perpetuo

Empujé la puerta y atravesé el umbral del vetusto edificio. Hotel Perpetuo. Pensé que tal vez se trataba de algún tipo de derivación de su originario nombre, algo en la línea de “Hotel del Perpetuo Socorro” o similar.

La decolorada luz que me había recibido ya al entrar en aquel apartado valle, y que me había acompañado en la última fase de mi viaje, caía tamizada en el vestíbulo desde la añeja cristalera de la fachada y allí se fundía, ahogada, hacia una marchita penumbra. Extraño, pensé, incluso para un otoño como el que estaba viviendo –y no me refiero exclusivamente al calendario sino, ahora que lo pienso, al borroso panorama en que se había transformado mi vida tras los acontecimientos de los dos últimos meses.

- Buenas días, o ¿Debería decir buenas tardes? –dudé incluso sobre como saludar al empleado del hotel que me observaba al fondo de la sala tras un ocre mostrador de madera de roble. Hasta ese punto me confundía la claustrofóbica atmósfera- Necesitaré una habitación. Será solo una noche.

- Lo siento, pero la última habitación disponible la acaba de ocupar usted hace un par de minutos.

En un primer momento creía no haber entendido bien lo que me había dicho. El empleado pareció darse cuenta de la situación y volvió a repetirlo.

- Tendrá que buscar otro hostal. Acabo de darle la última habitación libre a usted hace tan solo un par de minutos.

Mi cara de desconcierto se acentuó al comprobar la naturalidad con que el encargado me contestaba. Ahora lo comprendía; debía tratarse de una broma, una de esas cámaras ocultas. La puerta se abrió y pensé que ese era el momento en que alguien saldría, micrófono en mano, explicándome que era uno más de los habituales pardillos de este tipo de programas. Nada de eso: lo que contemplé fue a mi mismo abriendo la misma puerta que yo había abierto un par de minutos antes.

El/yo le/me contemplé/contempló, atónito.

Tras un par de minutos en los que nada sucedió –el empleado del hotel continuaba pacientemente esperando solícito detrás del mostrador-, escuchamos el ruido del motor de un automóvil. Instantes después, tras rodear el magnífico abeto que había contemplado unos minutos antes, vi como mi coche se aproximaba a la entrada del hotel siguiendo el camino de grava. Sabía que se trataba de mi automóvil porque yo lo conducía.

Paré el coche mientras me contemplaba a mi mismo en la puerta del hotel. Creí ver, además, una figura a través de la cristalera. No estoy seguro, acaso fuera a causa de la lánguida luz que parecía teñirlo todo de irrealidad –o de infinidad-, el caso es que no me sorprendió contemplarme a mi mismo mirándome a través de los cristales del ventanal.

Hotel Perpetuo. En mis oídos, el rumor del fatigado carillón del vestíbulo se mezcló con el lejano eco de un vehículo que ya se aproximaba. Contemplé el precioso abeto a través del parabrisas mientras lo rodeaba con mi vehículo. Luego el hotel apareció anunciando el final del viaje. Hotel Perpetuo.

3 críticas:

Jesús María Guerra dijo...

Hola comp@ñeros,

os dejo un pequeño juego metáfisico inspirado tras revisar un par de mis películas favoritas de David Lynch: "Carretera perdida" y "Mulholland drive"

Un cordial saludo.

Daniel Turambar dijo...

Pues sí que tiene su toque Lynch, sí. Saludos

La Maga dijo...

Me ha gustado el texto, aunque reconoco que Lynch no anda entre mis directores predilectos.

No me olvidé de tu idea para redactar un texto sobre el último día de tu vida, pero todavía no se me ocurrió nada realmente bueno.

Besos.