lunes, 28 de abril de 2008

Mar de cristal


Salgo de Tetuán a las ocho menos veinticinco acompañado de Huxley y Jarre. Como de costumbre no hay mucha gente y puedo ir sentado. Tantos años en el mismo trayecto hace que ya ni me preocupe de las estaciones. Apenas noto las paradas. Valdecaleras, Plaza de Castilla, Chamartín – la lluvia eléctrica ya no llama mi atención – y Bambú aparecen y desaparecen con entre campanillas. Pin, pin, pin, próxima estación Pinar de Chamartín, correspondencia con línea cuatro y línea uno de metro ligero. Aquí me toca trasbordo, a la anunciada línea cuatro, y por un momento el mundo deja de ser feliz mientras continúa la revolución. Aún quedan cinco estaciones más hasta alcanzar mi destino. Esta vez me toca ir de pie, pero me da igual, con el tiempo he adquirido una capacidad digna de un koala para aferrarme a las barras sin perder ritmo de lectura ni confort. Así paso por Manoteras, Hortaleza, Parque de Santa María, donde se baja un grupo de chicos y tomo por fin asiento, antes de afrontar la recta final entre San Lorenzo y, al fin, Mar de Cristal. Por delante ocho horas de trabajo, una para comer y el camino inverso para volver a casa. Al salir del vagón me doy cuenta de que tengo los zapatos desatados, y en lo que tren se adentra en la oscuridad del túnel me agacho y me los ato con doble lazada. Entonces, al incorporarme, miro hacia el otro andén y la veo a ella. Con un vestido gris, ligero y lacio, el pelo negro lánguido oculta su cara. Apenas una sombra pasa desapercibida entre el resto de la gente, una más que espera el tren, buscando una luz en el vacío. Cuando va a llegar el metro, da un paso atrás. Yo despierto, miro el reloj y sigo mi camino.

Salgo de Tetuán a las ocho menos veinticinco acompañado de Huxley y Jarre. De nuevo todo el recorrido hasta Mar de Cristal, con una novedad en mi rutina. Antes de salir del andén me quedo mirando a la extraña que espera en el andén de enfrente, para realizar el trayecto opuesto al mío. Aún no he conseguido verle la cara en estos días, pero sus movimientos suaves y fluidos, la forma en inclinarse sobre la vía para adentrarse en el abismo del túnel, el respingo que da al escuchar el eco del tren que se acerca, la forma de girar sobre sí y alejarse un paso, esperar a que entre el tren en la estación y luego tomar asiento, me tiene totalmente hechizado. No hay otra palabra. No puedo evitar contemplar en silencio el ritual de mi desconocida, mañana tras mañana, aislado de todo sonido, visión u olor. Cuando el tren abandona la estación me quedo solo, despierto y la vida vuelve a su ritmo habitual, aunque no puedo dejar de pensar en ella, y no termino de concretar si me estoy obsesionando o simplemente enamorando de un fantasma anónimo que se va por donde yo vengo, que ni siquiera sabe de mi existencia.

Salgo de Tetuán a las ocho menos veinticinco acompañado de Huxley y Jarre. ¿Cuánto tiempo llevo observando a la joven de gris? A juzgar por las páginas leídas del libro apenas semana y media. En Pinar de Chamartín, el trasbordo tarda más de lo esperado, la batería del emepetrés se suicida poco después de cerrar la contratapa del libro. Hay demasiada gente esperando en el andén cuando por fin llega el tren. Una idea terrible pasa por mi cabeza: llegaré tarde y hoy no podré verla. Comienzo a angustiarme ante la lentitud con la que pasan Manoteras, Hortaleza, Parque de Santa María, San Lorenzo y, al fin, Mar de Cristal. Al abrirse las puertas la avalancha me arrastra al andén. El tren se va indiferente y la gente comienza a despejar la zona. No la veo. No está. Se ha ido. Me siento en un banco abatido. ¿Qué me pasa..? Entonces baja las escaleras con un ligero trote y se acerca etérea al borde del andén a contemplar la oscuridad. Algo cambia esta vez. Se gira hacia mí y por fin veo su rostro, pálido y suave, sus grandes ojos que compiten con el vacío del túnel, su pequeña boca apenas esbozada que sonríe en respuesta a mi sonrisa. Nos miramos un siglo, hasta que el ruido del tren me hizo reaccionar y decidirme. Salgo corriendo hacia las escaleras con intención de cruzar al andén de enfrente y…, y…, y decirle algo, decirle que la llevo observando desde hace días, decirle que la amo. No puedo verla, pero sé perfectamente cómo está llevando a cabo su ritual diario, inclinada sobre el andén hasta ver la luz del tren, dando un paso atrás y dando la espalda a la vía mientras la locomotora entra en la estación. Ahora la veo, según bajo mirando hacia la pared, el tren entrará en apenas unos segundos. Entonces el ritual cambia, y con un giro brusco salta hacia la locomotora. Después todo debería ser ruido y caos de personas arriba y abajo, pero todo queda en silencio y solamente estamos el maquinista y yo paralizados en el mar de cristal roto teñido de rojo.


Actualización: versión corregida aquí.

3 críticas:

Daniel Turambar dijo...

Siguiendo la consigna de Jesús, aquí os dejo este cuento subterráneo.

Jesús María Guerra dijo...

Hola Daniel,

perdón, he eliminado mi comentario anterior por que no se leía muy bien (temás de salto de línea y demás historias) Este era el comentario:


por fin he tenido tiempo para leer tu relato un par de veces ya que:
-quería saborear de nuevo la buena impresión que me dejó la primera lectura
-quería tomar un poco de objetividad para aportarte un par de ideas.

Bien, allá vamos: la idea del relato me ha atraido desde el principio, me ha llegado profundamente ya que: quién no ha vivido algo similar? quiero decir que el contemplar a un desconocido y quedar prendado de él sin conocer apenas un rasgo, una idea, acaso una expresión es algo fascinante.
Me gusta mucho la cadencia temporal: tres párrafos = tres tiempos en la historia; interesante, muy interesante y muy acertado. Desde mi punto de vista fantástica construcción.
Otra para de detalles que me han gustado son las construcciones "...sus grandes ojos que compiten con el vacío del túnel,..." y la utilización "mar de cristal teñido de rojo". No se si el nombre de la estación está elegido a propósito pero, en cualquier caso, la imagen queda muy interesante.

Ahora me vas a permitir un par de críticas constructivas (desde el cariño), verdad? Bien, esta parte no me gusta tanto pero...vamos allá :-)

- La redacción me ha parecido un poco "apresurada", en el sentido de que la has escrito en un "rapto de escritura" sin revisarlo mucho, verdad? Estaría bien que le echaras una segunda lectura y depuraras temas de puntuación y demás.

- El segundo párrafo, hasta que no realizas una segunda lectura no queda muy claro en el plano temporal y eso distrae un poco en la lectura del texto. Para salvarlo, la frase "Aún no he conseguido verle la cara en estos días,..." ayuda un poco a entender el sentido pero aún así yo lo revisaría un poco.

Por lo demás, como te he comentado, amigo Daniel precioso relato muy en la línea de lo que os proponía.

Nos vemos y...a seguir con la escritura!!!!!!

Daniel Turambar dijo...

Exacto, Jesús, acertaste en todo. Jejeje. Mar de Cristal existe como estación, la descubri yendo al aeropuerto sin muchas ganas y de ahí surgió la idea para el relato que, la verdad no tienen un par de lecturas revisoras, y ninguna como debe ser, y más para un texto del tirón. Es un cuento de fondo de armario, por así decirlo, aunque eso no sea excusa. Me alegra que te guste, a ver si alguien más se anima con estas muertes, o propone algún tema.

Nos leemos.