- Sí, Alberto, créeme: de cero a cien en cinco coma dos.
- No, ¡Qué va! ¡Ni de coña! Sin mezcla spinner no puedes.
- Mira. En el semáforo de Sainz de Baranda, tenía a mi lado un Ferrari. Le miré, el tío me miró. Sabía que con mi Suzuki ni de coña pero el tío lo intentó.
- Sí, ya, ¿y qué más?
Pero en el tono de Alberto había aparecido la duda; Damián era capaz de eso. Además, ya la media sonrisa de pícaro había aparecido en el ángulo ensayado, como cuando le había demostrado que eran cincuenta y no cuarenta y cinco las tías que habían pasado por su cama en aquella apuesta. A callar y a pagar, Berto, apostamos cincuenta y cincuenta han sido. Tú pusiste el número, tío.
El gris ejecutivo de gafas y traje anodino aún andaba preguntándose en su rincón que era un spinner cuando el ascensor aviso con una suave deceleración que el artefacto estaba alcanzando el nivel del suelo y que sus ocupantes, sanos y salvos, no iban a aparecer en la página de sucesos víctimas de otro fallo mecánico en un ascensor, al menos hoy. Fin de trayecto.
Erguido sobre la cabalgadura de acero miró su reloj mientras esperaba que la otra manada de animales, la que iba en dirección este-oeste, terminase de obstaculizar el paso. Cada día eran más lentos, ¿Para qué comprarse un dieciséis válvulas si con tres les bastaban a esos lentos de ...? Se obligó a no pronunciar la vulgar palabra, hoy ya había superado el límite de diez que su profesor de dicción le había impuesto.
Echo un vistazo al deportivo amarillo descapotable que se encontraba parado en la primera fila con toda la Castellana para sí mismo lo que no parecía impresionar al conductor que miraba con aire ausente el paso de los vehículos. Damián se encontraba cuatro filas más atrás. Miro a su presa y sopesó que la distancia le daba todo el aliciente que la cacería necesitaba. Su excitación creció cuando calculó que su trayectoria natural estaría bloqueada uno coma dos segundos después de que el semáforo cambiara a verde por una furgoneta de reparto y un todo-terreno, lo cual le dejaba muy poco margen de acción a los quinientos centímetros cúbicos de su máquina. No recordaba una situación tan deliciosamente difícil.
Aún faltaba que su presa se percatara de que el depredador le acechaba. Bastó un par de acelerones de su Suzuki. Las Ray-ban del conductor del deportivo buscaron y finalmente se clavaron en la visera de su casco a través del espejo retrovisor. Un par de conductores miraron con recelo al ejecutivo que se disponía a recordarles, una vez más en el día, que dinero equivalía a velocidad, centímetros cúbicos y machadas ejecutadas de cero a cien en cinco coma dos.
Llegó a su chalet en los alrededores de Madrid norte tres minutos y quince segundos por debajo de su media habitual para aquel mes. Se sentó delante de su ordenador portátil y se apresuró a anotar la marca, la tercera del año si no tenía en cuenta las de los sábados ocasionales en que se veía obligado a ir a la oficina. En otra hoja electrónica anotó el modelo de los cuatro deportivos que había fulminado – el descapotable amarillo le había durado apenas quinientos metros. Luego el de las gafas de sol de diseño había vuelto a sopesar el que no le acompañaba ninguna tía a la que impresionar y que el kilo de carrocería de Lamborghini estaba por las nubes últimamente y había decidido pasar del pirao. Que te jodan.
Calculó el tiempo. Había quedado a las diez y media lo que le dejaba poco margen -apenas veintitrés minutos- si quería llegar a tiempo. Odiaba llegar tarde. También odiaba a su psicólogo que le insistía en que no debía darle ninguna importancia a llegar unos minutos tarde, que se trataba de una norma social aceptada. Aún así, odiaba llegar tarde.
Mientras se desnudaba para tomar una ducha, revisó su correo electrónico, realizó tres operaciones sobre sus acciones en el mercado de Nueva York – Cinco punto tres ¿Cómo era posible que Tex-Com cayera cinco punto tres? ¡Joder! – Esa fue la décima palabra malsonante del día.
Por último hizo un inventarío de las cinco cosas muy, muy, muy urgentes –así las había anotado mentalmente mientras se precipitaba en el slalom contra el resto de incautos conductores sobre su moto- que se debían sumar a su lista de tareas urgentes para el día siguiente. Incorporó toda la información a su agenda y la reordenó de tal modo que aún le sobraran quince minutos y treinta segundos para almorzar: el tiempo necesario para llegar al gimnasio desde su oficina.
Debajo del vapor, siguió los consejos de su profesor de tai-chi y apartó de su mente sus preocupaciones. Lo importante, ahora, era centrarse en la desconexión –aunque la fiesta la organizaba su jefe, y por ende su compañía- Li, desde las doctrinas del tai-chi, le incitaba continuamente a separar sus dos vidas –sus dos ríos. El problema era que a Li no le quedaban solo siete minutos doce segundos para llegar a una fiesta a más de veinte kilómetros de su chalet.
Eligió traje negro, camisa blanca –sin corbata- y mocasines negros –sin calcetines. Mientras se componía delante del espejo del recibidor –hacía algún tiempo había acomodado un pequeño neceser básico en el mismo para los últimos retoques- reflexionó sobre lo apropiado de la moda casual; si alguien no la hubiera inventado ya, la habría inventado él mismo. Siguiendo ese canon, uno podía llegar a cualquier sitio como si hubiera salido directamente de la lavadora sin tener que dar explicaciones. Mientras cerraba la puerta escuchó, como anticipo de la fiesta a la que se dirigía, la dislocada melodía de los ochenta que le llegaba desde algún jardín vecino. Su memoria le devolvió una imagen de si mismo en una de aquellas interminables fiestas universitarias, bajo una de aquellas bolas de cristalitos, intentando comprobar la resistencia de alguna estudiante de enfermería. Hizo planes sobre quién sería la estudiante de enfermería de la noche. Solo hacía falta que en la pista de baile hubiera una bola reflectante, el resto corría de su parte.
Cinco minutos quince segundos. Calculó que podría plantarse en Plaza de Castilla en tres minutos – haciendo una media de ciento ochenta- y luego, vale, contando los cinco minutos de cortesía, aún le sobraría un minuto. Hecho el cálculo, se relajo: objetivo cumplido. Metió gas y no opuso resistencia cuando las preocupaciones del día siguiente empezaron a mezclarse en su cabeza con las apuradas de frenada.
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No podía creerlo. Al abrir los ojos, el asfalto se encontraba en una posición que, difícilmente, se correspondía con su posición natural ¿Cómo era posible que la carretera estuviera vertical y no horizontal, bajo su entrepierna? Cerro los ojos
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Abrió los ojos, nada había cambiado salvo que, ahora, había aparecido la bola de cristalitos. Pudo comprobarlo desde su forzada posición; parecía encontrarse aferrado con fuerza a una pared negra y lo curioso es que no podía moverse pero, allí delante, en una especie de espejo rojo podía ver como un montón de lucecitas azules, amarillas, naranjas lanzaban destellos. Comprobó que la música estaba muy baja o era inexistente –quizá su jefe se disponía a dar su discursito- Un empleado de seguridad se le acercaba con cara de preocupación. Le pareció curioso comprobar cómo el uniforme de aquella empresa de vigilancia pretendía imitar el uniforme de la policía municipal de Madrid. Trato de hacer algún comentario pero estaba demasiado preocupado intentando recordar dónde había aparcado la moto. Si no la encontraba antes de que empezaran a dar los pastelitos del cóctel, no podría llegar a su primera cita de la mañana que, curiosamente, era con el conductor del deportivo amarillo y el tipo de las gafas y el traje gris del ascensor que, insistentemente, le preguntaba una y otra vez qué era un spinner. Se sintió cansado, muy cansado. Aquella fiesta olía terriblemente a goma quemada y gasolina derramada ¿Por qué nadie se había dado cuenta? Cerró los ojos, debía coger fuerzas para el día siguiente. Intentó calcular el tiempo que tardaría en llegar a la oficina desde...
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La muerte de Damián suponía un grave descalabro para la compañía. El director general se deshizo convenientemente en elogios. Una trágica pérdida, sí señor. El director general hizo, finalmente, un firme llamamiento a las autoridades competentes para que, de una vez por todas y con toda firmeza, se atajara el grave problema de la seguridad vial en la ciudad. Una vida, la vida de un brillante joven había acabado trágicamente por la negligencia de los supuestos responsables. La compañía, como no, tomaría cartas en el asunto.
Aquella tarde al acto de cremación de Damián en el cementerio de la Almudena acudieron apenas quince personas de las doscientas cincuenta invitadas –incluidos medios de comunicación. Nadie había previsto el atasco de las cinco y media de la M-30.
1 críticas:
Cuidado con la cacofonía de tus textos
"Mientras apuraba la frenada demandada " aba ada ada <== se escucha horrible.
Un saludo
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