Bienvenidos. Habéis llegado a Umbralejo, al Noroeste de Guadalajara y en plena sierra de Ayllón. Te acompañarán en tu estancia los robledales, las encinas y los pinos silvestres; el duro clima de montaña; la arquitectura negra de sus casas construidas a base de pizarra; el recio carácter de los que antaño fueron sus habitantes; e incluso algún que otro fantasma. Aquí no existe la televisión, ni los ordenadores; no hay transporte; no hay tiendas donde puedas comprar los recuerdos de tu viaje, ni mucho menos bares; ni prácticamente cobertura para tu móvil… Solamente hay lo necesario para ser feliz: casas, caminos, bosques y el pico del Ocejón siempre a la vista. El tiempo transcurre aquí de una manera diferente y mágica.
Umbralejo contempló en 1971 como el último de sus lugareños se marchaba a vivir a la capital. Lo hacía sin atreverse a mirar atrás, sin despedirse del muro que levantó con sus propias manos (y la de sus vecinos) y que después se convirtió en su hogar. El aislamiento, la falta de servicios y las políticas de repoblación fueron la causa de su huida. El pueblo comenzó desde ese mismo momento a deteriorarse. Sus siglos de historia eran aplastados por las ruinas. Umbralejo ya no existía ni en el recuerdo de los que lo construyeron.
Pasó algo más de una década para que recobrara vida gracias al Programa de Recuperación y Utilización Educativa de Pueblos Abandonados. Se comenzó asi su lenta, pero imparable reconstrucción. Miles de profesores y alumnos procedentes de todos los rincones de España llegamos a este pequeño lugar para seleccionar las piedras: planas para el tejado, las más compactas para las esquinas de los muros, los trozos pequeños para rellenar huecos… Pero no nos limitamos a levantar de nuevo los muros de sus casas. También llenamos sus jardines de flores, sus calles de luces, sus campos de rebaños de ovejas, su atmósfera de risas y esperanzas… Mañanas agotadoras de madrugones y trabajo a la intemperie. Tardes de sabiduría en los talleres de cosmética natural, apicultura u orientación en la montaña. Y las noches... Veladas donde te sentías conectado con el universo entero, excursiones al cementerio y otros exorcismos propios de adolescentes.
Han pasado ya quince años desde que estuve allí, pero su aroma a tierra mojada y a pan de pueblo recién hecho me sigue acompañando. Mi vida "desarrollada" en Madrid no me permitía apreciar lo que realmente tiene importancia y valor. Nunca antes había tenido la oportunidad de trabajar el hierro en la fragua, de realizar un telar, reconocer las plantas medicinales o contemplar un cielo tan lleno de estrellas. Tengo una memoria sorprendente para desgracia de mis enemigos y fortuna de mis más numeros amigos. Recuerdo el nombre de cada uno de los animales que alimenté y cuidé con esmero y dedicación durante mi primera estancia en Umbralejo: Rita y Rito los cerdos; Anglés el despiado pavo que violó y asesinó a su compañera; las ovejas, en cambio, tenían nombres de princesas, las perezosas Carolina y Estefanía eran mis preferidas.
Vamos, vamos, se acabó la nostalgia, aún hay mucho por hacer. Tengan cuidado con las tejas que pueden desprenderse de los tejados por efecto de lluvia y que comience el tajo.
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