– Tienes nombre de mercera. – Le dijo su abuela al conocerla. Araceli solamente tenía entonces unos meses de vida, pero estas palabras quedaron grabadas en su cerebro, aún por moldear, con tal fuerza, junto al intenso olor a piel de naranja que despedía la buena mujer, que determinaría inexorablemente su futuro, de forma desapercibida, pero clara. Nunca más volvió a ver a su abuela que murió diecinueve días más tarde, de un infarto cerebral, mientras iba a la frutería a por más naranjas.
Así las palabras revolotearon dentro de su cabeza durante su infancia. Cuando jugaban a tenderas ella siempre cogía el costurero de su madre, ordenaba los hilos en un preciso orden cromático, los botones por tamaño, número de agujeros y material, cogía los pijamas de su padre, y atendía a sus amigas con una gran sonrisa y dos trenzas perfectamente simétricas.
Cuando fue mocita se enamoró y se olvidó de las cremalleras, parches y lanas. Sus amigas también se habían olvidado de los juegos al sol en la puerta de su casa, y vivían preocupadas, en los bancos del parque, por la opinión que de ellas tuviera el macarrilla alpha de turno. Araceli vivía su apasionada relación en secreto. No estaba bien visto que una quinceña andara por ahí suspirando por las esquinas al terminar de leer un poema o un diálogo apasionado. Se hubiera muerto de vergüenza si alguna de sus amigas llegara a sospechar siquiera de su tórrida relación con la literatura. Soñaba con ir a la universidad y casarse allí con las palabras, tras un largo noviazgo. Tal vez algún día llegara a ser escritora. Aún así seguía ordenando cromáticamente sus poemas favoritos, ya en alegres verdes o tristes grises, melancólicos azules marinos, tenebrosos negros, sutiles blancos o apasionados rojos, y las novelas por tamaño, número de corazones rotos y autor, con la precisión de su querencia nominal, moldeada al aroma de piel de naranja, para ser mercera.
Entró, por fin en la Facultad de Filosofía y Letras, y volvió a enamorarse, esta vez de un alumno de cuarto, que hacía las veces de ayudante del profesor de literatura barroca, por no decir de sustituto las más de las veces. Araceli se olvidó de las novelas, los poemas, las frases, las palabras y hasta las letras. Ella se fue a vivir a su casa y él habitó su pensamiento. Sólo estaba él: por él comía, bebía y respiraba, por él se levantaba temprano para preparar las transparencias necesarias, por él se saltaba clases si había que pasar algo en limpio, por él suspiraba cuando no estaba cerca, cuando se acercaba y cuando estaba a su lado. Por él, en resumen perdió tres años en los que apenas sacó un par de asignaturas, quien dice dos dice cinco, y por él lloró todo lo llorable, mares y océanos llegó a pensar en plan melodramático, cuando la dejó por una novata remilgada que se peinaba, casualidades de la vida, con unas trenzas perfectamente asimétricas.
De regreso al hogar, tras meses sin salir a la calle, una tarde, mientras recogía la mesa tras la comida, con su padre suspirando ronquidos en el sofá y su madre mirando la telenovela sin verla, al ir a retirar unas cáscaras de naranja, al olor de las mondas, todo su sistema límbico se reactivó, el hipotálamo comenzó a inundar su cerebro con descargas eléctricas, comenzó a segregar uno poco de dopamina, y súbitamente apareció una pizca de adrenalina, lo justo para incorporarse y tomar aire decidida, justo antes de que, en el neocortex frontal, se formaran las palabras, que no se correspondían con exactamente con el pensamiento apático que nació de un remoto recuerdo, que ya había decidido cuál sería el siguiente paso, y brotó de su boca lo que desencadenaría el cambio de rumbo que su vida necesitaba.
– Tengo que buscar trabajo.
Dos meses después, con el aval de sus padres, Araceli abrió la única tienda que su nombre, gracias al auspicio de la perdida abuela, le permitía abrir: una mercería. Y sin saber cómo, el primer día, al irse a la cama tras haber tenido una jornada, ni estresante ni relajada, ni dura ni liviana, ni decepcionante ni excitante, ni buena ni mala, soñó con una mujer mayor, que olía intensamente a piel de naranja y dijo:
– ¡Ea, lo que yo decía, nombre de mercera!
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