lunes, 3 de marzo de 2008

Relatos de Paso


Ella sigue durmiendo, arropada por folios y folios que se abren en cascada hasta el suelo donde descansa el portátil, junto al sofá. Él entra intentado hacer el menor ruido. Una vez más llega tarde. La luz de la pantalla es la única que ilumina el pequeño salón, reflejada en el techo y papel que él comienza a recoger con un barrunto de traición.

Ella despierta y lo encuentra de pie, con la gabardina aún sobre los hombros, ordenando las hojas caídas que hace un instante le daban calor. Se incorpora y él la mira inquisitivo, en guardia. Ella descubre el miedo en sus ojos, tal vez la duda. Con un gesto de la cabeza le señala el interruptor y él accede a romper el hechizo de la espectral luz del portátil, se quita la gabardina y se sienta en una silla, altivo, esperando una excusa para aquella violación.

Ella se abalanza sobre él, le besa y le pide perdón. Perdón por dudar de su talento, perdón por haber sospechado de él, perdón por menospreciar su entrega, perdón por haber querido abandonarlo. Todo estaba ahí, en sus relatos, toda su sincera devoción, todo su amor, toda su alma al desnudo. Especialmente en un pequeño cuento, uno en el que habla de ella de manera magistral y expresa exactamente lo que nadie más podría jamás intuir.

Él suspira aliviado al tiempo que la observa con ternura y una pizca de tristeza. Ella sigue hablando y hablando. Él no la escucha. Acaba de descubrirlo: la verdad está en ese cuento. Ella ha podido ni querido ver que no es la protagonista. No importa. Lo importante no es eso. La revelación toma cuerpo y la consecuencia inmediata entristece al joven escritor. Era tan sencillo. Todo estaba ahí, en aquel pequeño relato. El secreto más preciado, delicado como un suspiro. La diferencia entre la mediocridad y el genio. Su alma en prosa suave y sin artificios. Vomitada, sí. Desnuda, sí. Cruel, sí. Mas auténtica pasión hecha palabra. Sin miedo, ni pudor, ni fingimiento. Pura exposición, masoquista hasta el delirio. Comparado con éste, cualquier otro relato salido de su mano o la insulsa novela, formalmente correcta, que será pronto presentada, se marchita, cuartea y reduce a viles cenizas, evidenciando el fraude del escritor de método, técnicamente perfecto pero sin alma. Por fin lo comprende. Nunca quiso ser un vendedor de libros. En el fondo siempre supo que eso no aplacaría el deseo, la obsesión, el ansia que solamente a golpe de tripa desgarrada, curtida palabra a palabra, párrafo a párrafo, página a página, podría quedar satisfecha, aunque nunca se viera publicada. Eso es ser escritor, no otra cosa. Lo demás, apenas superfluos juegos de palabras. Ella le mira con lágrimas en los ojos.

– ¿Entonces me perdonas?
– Pues claro.
– ¿De verdad?
– Sí.
– ¿No me das un beso?

Él la besa con la pasión recién descubierta, vertiendo en su cuerpo el vértigo de la revelación. Ella se deja amar ciegamente, por primera vez sin objeciones, remilgos o peros, por primera vez libre, feliz, sin miedo.