
Todo depende de quién hace de amante y quién de amado. O de quién escribe sobre ambos, identificándose con uno o con el otro. O del momento preciso en que el autor esté escribiendo. Depende, en fin, de tantas cosas que resulta difícil preverlo, excepto cuando uno está dispuesto a desempeñar el papel elegido de antemano.
En “La balada del café triste”, de Carson Mccullers, el amor es una experiencia compartida por dos personas. El amante sólo puede cobijar su amor en su corazón lo mejor posible, pero no tiene por qué ser un joven que esté ahorrando para comprar un anillo de boda. Puede ser hombre, mujer, niño o cualquier criatura humana sobre la tierra, lo mismo que el amado..., aunque Mccullers reconoce que casi todo el mundo quiere ser el amante. En todo caso, me resisto a creer que la condición de ser amado sea meramente pasivo. También puede temer y odiar con la misma fuerza al amante. Lo mismo que éste puede dejar de amar al amado.
Veamos el caso de Ben Azibi, quien posee, entre otros, el don de lenguas: domina hasta dieciséis idiomas. Es enano, feo y malformado –tiene joroba y su altura no supera los 90 centímetros–, y vive en un país extranjero sin lograr nunca perder su condición de meteco. Una noche, es “amado” por la hija de la dueña del cuchitril en donde se refugia. Se trata de una muchacha virgen y bella a rabiar pero, al mismo tiempo, ciega, un defecto físico que no le permite ver el monstruo del que termina enamorándose, aunque sí lo conoce por el tacto.
“Dormía –comenta el enano Ben Azibi– cuando alguien, cuyo cuerpo adivinaba hermoso y fresco bajo una túnica transparente, entró en el silencio de la noche y se dirigió a mi lecho, deslizándose entre las sábanas. Confieso que jamás, en mi ajetreada vida, me había ocurrido algo semejante. Las mujeres, acostumbradas a mirar primero la expresión de mi cara y casi nunca la de mi alma, sentían cierta repulsión por mí. Estoy habituado a no ser tenido en cuenta por mi sexo opuesto y ellas me ignoraban por completo o me desechaban indirectamente. Así que, el hecho de ser abordado de esta forma y en tales circunstancias, me dejó pasmado. Se trataba de una hermosa y ciega realidad, la primera que experimentaba como meteco en esa tierra. Sentí cómo su mano cálida acariciaba mi cuerpo, desnudo. Quise corresponderla pero me hallaba paralizado. Intenté explicarle en todas las lenguas a mi alcance que no acababa de creerme lo que estaba viviendo. Y temía que ese sueño de primavera terminara, como la noche, disipándose en la madrugada .
“De pronto, ella me ofreció como única respuesta una pregunta maravillosa: Mais, tu m’aimes? ¿Tu m’aimes un peu?”. Y, con su acto, la “violación” por parte de la amante resultaba sublime y, como violado, apenas pudo resistirme, debilitado por el deseo de ser poseído por ella. En este acto sublime y carnal a la vez, debo reconocer que no tomé la iniciativa, sino que me limité a aceptar que el otro, es decir, ella, extraña y deseada a la vez por mí, me dominara con su impulso pasional. Rompí todos los esquemas que, en mi breve estancia en esta tierra, había acumulado. Me había tomado y “violado” dulcemente, sin tiempo de resistirme. Y, nada más insinuarse e invitarme a que la penetrara, no pude contenerme ni un segundo más y eyaculé precozmente al tiempo que rompía a llorar. Un estremecimiento de placer y de excitación mal controlada sacudió mis entrañas cuyos impulsos torrenciales no pude dominar”.
De esta manera, la amante poseía al amado, rompiendo todos los esquemas preconcebidos en este mundo del amante y el amado. Pero era el amado, al final, quien, pese a sus esfuerzos, no podía hacer nada por retener a su amante. El otros casos como en el Canto Espiritual de San Juan de la Cruz, las canciones entre el alma –el amante– y el esposo o esposa –el amado–, juegan constantemente, alternando los papeles, y dejando siempre al amor, como responsable de todo juego:
En resumen, más que la historia comparativa de sexos –el masculino y el femenino– y sus funciones determinadas, intento comprender el papel ejercido en cada caso y según las circunstancias. Y, aunque el amante y el amado es una historia de dominante y dominado, sobre el que no puede haber más relaciones que las del poseedor y del poseído, pienso que sólo partiendo de un plano equitativo para ambos se puede garantizar una relación perfecta y equidistante, en la que amante y amado alternen sus papeles.
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