Lupicinio tiene algo más de cincuenta años. Bajito, un poco regordete y de pies menudos, lo mismo que las manos, que parecen manojillos de rábanos. La cabeza pequeña; un balón con mofletes. Nariz y boca en proporción, pero si aquella tiende a ser ancha y carnosa, ésta parece la ranura de una hucha. Las orejas, por llevar la contraria, son dos tallas más grandes, por lo menos. El pelo negro y pegado a la frente como si usara brillantina, pero no, es por la grasa acumulada. Un bigotito tipo posguerra intenta disimular el enorme espacio entre su nariz y el labio superior. Los ojos, tan saltones que parece que los párpados se escondan tras ellos, están siempre listos para dispararse sobre cualquiera al que mire. Con una mala leche impropia de quien está cara al público, y por encima de todo, un facha violento con la intransigencia del lerdo convencido.
Desde que llegué al barrio y hasta la Primavera del 91, siempre le vi con la misma indumentaria. Pantalón de franelilla gris marengo, camisa que alguna vez debió ser blanca, jersey de punto verde oscuro, calcetín gris, zapato negro de cordones y un mandil a rayas verticales negras y grises, que a buen seguro se aguantaba tieso de la mugre que lo impregnaba.
La poca bebida original que tenía, la iba a buscar al barrio de San Fermín, donde ya es sabido que acaba el botín de la mayoría de los “palos” a los almacenes de licores de Madrid. El resto “metílico”, como decía Laurencio.
Pero “La Estrella” tenía sus días contados.
Una tarde de Mayo del 91, tres quinquis bastante mal encarados pidieron un café con copa. No dijeron nada, pero en un momento dado hicieron ademán de largarse sin pagar. Lupicinio les llamó la atención y ellos le contestaron que “no estaban dispuestos a apoquinar ni un duro por semejante mierda de café y coñac de garrafa”. Lupicinio no lo podía consentir ni por amor propio ni por el ejemplo a la clientela, así que, ni corto ni perezoso, agarró la barra de la puerta enrollable que tenía junto a la cafetera, con actitud agresiva y sin medir con quién se jugaba los cuartos. Así que le vieron el ademán, en un abrir y cerrar de ojos, los tres fulanos tiraron de navaja y la emprendieron a golpes y patadas con cuanto encontraron. Con una mano sujetaban la cabritera y con la otra agarraban las sillas y, después de deslomarlas contra las mesas, marcos de las ventanas, el televisor, o lo que pillaran, las lanzaban en cualquier dirección, aunque preferiblemente hacia la cafetera y las estanterías de bebidas. Lupicinio, con lo impulsivo que es, tuvo la suerte de que su ángel de la guarda le ordenara quedarse detrás de la barra, porque con ello salvó, literalmente, la vida. Después de destrozar el local de arriba a bajo, los tres quinquis se fueron derechos a la caja, arramblaron con la recaudación y se largaron tranquilamente y sin prisas, retornando las navajas a la faltriquera.
La refriega no duró ni dos minutos pero lo dejaron todo como si hubiera pasado un tornado de estos que salen en la tele y que hacen como un cono negro negrísimo que acojona. La suerte es que, al menos, nadie salió lesionado de gravedad.
El suceso dio mucho de sí en el barrio; se contaban detalles, más o menos exagerados, con un tono de aparente indignación, aunque se adivinaba que el sentir general era “¡que se joda!”, pues todos habíamos tenido alguna vez ideas parecidas. Pero faltó el valor para enfrentarse a un propietario que daba un café que era achicoria –como en los 40 cuando el racionamiento– y garrafonazos de tan mala calidad, que una copa de su “Larios” era capaz de levantar un dolor de cabeza monumental.
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