
África esta creciendo a pesar suyo. Sólo tiene trece años recién cumplidos y un mundo entero por descubrir. Revolución hormonal, filosofía en estado puro, mujer a medio terminar. Todo eso y mucho más es África.
Continente inexplorado de largas pestañas, labios carnosos y pecas en la nariz. África pasa mucho tiempo observándose en el espejo, acostumbrándose a su nuevo cuerpo, descubriendo una nueva mujer cada día. Le gustan sus grandes ojos, sus orejas puntiagudas y su pelo castaño oscuro cortado a capas. No le gusta su ancha frente heredada de su padre, la disimula hábilmente con un flequillo ladeado a la derecha. Tampoco le gustan sus largos y flacos brazos, a menudo piensa que crecieron a destiempo en relación al resto de su cuerpo. Pero lo que más le disgusta de su aspecto físico es su ortodoncia, aunque sabe que dentro de poco podrá mostrar al mundo la mejor de sus sonrisas.
África a veces se siente triste, a veces rara, a veces confusa. No puede evitar verse a si misma como si estuviera haciendo equilibrios en un puente, el puente que separa el pasado del mañana. También se siente atrapada en un mar de contradicciones y de ambigüedad. Desea la libertad y autonomía que disfrutamos todos los adultos serios y grises que la rodeamos, pero al mismo tiempo va descubriendo que al crecer perdemos todas las ventajas que nos ofrecía la niñez. Otras veces, en cambio, África se siente capaz de comerse el mundo. Esa es la África que preferimos, la que no se debate entre la frustración, los complejos, la euforia y otras hierbas.
Todavía no tiene claro lo que está bien o lo que está mal, discute lo sencillo y lo complejo y. como tiene que ser, ignora nuestros consejos. Es preferible inventar por una misma el devenir de los días eligiendo qué hacer con este incendio y quemándose con el fuego que es la vida misma y el impulso de vivir.
África está creciendo a pesar nuestro que no dejamos de sorprendemos de lo rápido que pasa el tiempo y nos aterra pensar que algún día no estaremos a su lado para protegerla. Por mi parte me conformaré con que elija sólo aquello que le haga feliz, con que no llore más de lo preciso, que llegue a ser ella misma y que conserve para siempre las pecas de su nariz. Porque las pecas de mi pequeña representan todo lo que nadie jamás le podrá arrebatar, su inagotable inocencia que nos hace pensar que nació para preguntar cosas inverosímiles que no vienen en los libros y su particular cuota de idealismo que le permite soñar y afrontar la vida.
África está creciendo a pesar del mundo. Quizás lleguen a acosarla porque su cuerpo cambió, quizás intenten anularla por ser mujer, pero mientras me permita estar su lado le recordaré la niña que fue. Aquella niña que abrazaba todo lo que hay en sí y la que veía el mundo como un espacio para compartir.
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