jueves, 14 de febrero de 2008

Sangre.





Miraba su cara ensangrentada con una crudeza complaciente, recordando los buenos momentos compartidos juntos. Solo quedaba de ella un despojo, residuos de lo que fue, mujer hermosa donde las haya, exuberante y elegante en sus formas, de belleza inusual. Él la amaba, un amor puro, transparente, como el niño que ama a su madre sin cuestionarse nada, eternamente. En el amor como en la guerra la pasión es tremendamente desmesurada, de esta pasión nació el odio, igualmente extremado en sus formas. Pasaron siete días hasta que tomó la decisión, no podía vivir sin Ángela, pero tampoco con ella, ni compartirla con el resto de hombres que revoloteaban alrededor, como moscones asquerosos, que esperan picar algo de carne. Esta sensación le anegaba de una ira tremenda y de esta desesperación nació su decisión. La fue diseccionando poco a poco, primero sus muslos curvos, suaves con un olor, a flor miel. Luego vendrían sus extremidades; paró un minuto, saboreando con calma los dedos de sus manos, manos que tantas veces le habían acariciado. En el deglutir sintió un escalofrío que le recorrió la espalda, naciendo una lágrima amarga que recorrió su rostro. Continúo con sus pechos, voluptuosos, turgentes como pocos, con un sabor tan diferenciado de los demás que hizo que su pene se tensara como nunca, masticando de forma exultante, apreciando como espontáneamente su miembro explosionaba, dando lugar a la mejor eyaculación que jamás había sentido. En esta exaltación de sentimientos se detuvo un instante y pensó en voz alta, “¡esto es el amor sin duda!, te he amado tanto, Ángela, que tú has sido mi mejor sustento para seguir viviendo”. La sangre recompensó su alma, bajo un precio deliberado del que no se sintió en absoluto arrepentido.

26/11/2007
Rocío P.

2 críticas:

Daniel Turambar dijo...

¡Feliz día de San Valentín?

XD

La Maga dijo...

Caray, es intenso el texto y yo ayer en un cuentacuentos de amor y sexo.