sábado, 9 de febrero de 2008

Carta de amor

No sé si es adecuado pensar en ti cuando aún estás ahí, al otro lado del cristal, agitando la mano con un pañuelo invisible y fingiendo pucheros, como si esto fuera una antigua estación de tren propia de las películas románticas del cine clásico y el autobús interurbano en el que me acabo de subir me fuera a llevar muy lejos, a otro país. Yo pego la nariz contra el cristal, me pongo bizca y simulo estar presa. Mis ademanes carcelarios te provocan una carcajada. Pienso que por esa sonrisa sería capaz de de luchar hasta la extenuación contra tus enemigos, de atravesar el mar, de conquistar un imperio, de empeñar un riñón o, qué sé yo, de darte lo mejor de mí, sin pasado, sin futuro, sólo el momento presente, pero sin miedos. Pienso también que, por muy lejos que estuviera ese otro país al que supuestemente me lleva este autobús, ninguno está tan lejos como para alejarme de ti, de tu sonrisa sincera, de tus pucheros de estación.

Te escribo cartas mentalmente a diario, cuando estás a mi lado y, sobre todo, cuando no estás. En ellas recuerdo todo lo que me has contando a lo largo del día, tus peleas tontas con tu hermano, los proyectos nuevos que inicias en el trabajo... También me gusta imaginar lo que haces en mi ausencia, recordar tus caricias y tus besos, tu sonrisa complice. Coincidimos hace poco tiempo y todavía mis labios no se atreven a decir lo que mis brazos ya gritan. Me dan ganas de dejarme arrastrar por uno de esos impulsos que provoca el amor y el deseo, bajarme de un salto de este autobús, correr hacia ti y arrojarme en tus brazos sólo para decirte que por fin te he encontrado. Pero vuelvo a preguntarme si sería adecuado o no hacerlo, asi que me quedo sentada como una más del rebaño y tú ahí fuera, al otro lado del cristal, como si estuvieras en otra realidad, esperas a que el autobús arranque para regresar a tu trabajo, a tu parte de vida en la que yo no estoy, o quizás sí esté.

Me pregunto si tú también me escribes cartas mentalmente. Realmente no tiene importancia si lo haces o no, me basta con verte sonreír cada día, me basta con que seas tú mismo. Ya te lo dije en una ocasión, tu mejor disfraz en sin duda la libertad. Realmente no quiero que me preguntes por mis achaques, no me gustaría que me prepararas leche caliente con miel cuando me oyeras toser por las noches, sólo quiero verte sonríer porque un niño te ha elegido para que ates los cordones de sus zapatos o por cualquier otra causa.

¿Cuándo me atreveré a escribirte una carta para contarte todos estos pensamientos? Otra vez el maldito tiempo, es demasiado pronto para querernos por escrito. Antes de que nos demos cuenta llegará el momento de dejar atrás la cautela, la ansiedad de tener que decir sólo lo justo, de querernos en silencio, el momento, al fin y al cabo, en el que nos demos cuenta que hemos perdido el tiempo por poner distancias por lo que pudiera pasar. Hace tiempo que descubrí que todos tenemos los mismos miedos y las mismas inseguridades, pero no pongo en práctica mis teorías tan a menudo como me gustaría.

Una señora con permanente recién hecha y bolso de piel de leopardo se sienta junto a mí. Consigue sacarme de mis pensamientos. Miro a tu alrededor y ya no parece quedar nadie por subir al autobús. Sólo quedas tú en la parada, ya sin pucheros fingidos, sólo mirándome a los ojos y diciéndome sin palabras todo lo que necesito. En breve, el autobús arrancará, mientras te miraba y reflexionaba sobre la calidad de nuestra relación perdí la noción del tiempo, debo de llevar ya unos cinco minutos sentada junto a la ventana. Oigo el sonido del motor, se cierran las puertas y el autobús comienza a moverse muy despacio. Te vas difuminando en mi vista, pero comienzas a estar cada más presente en mi cabeza. Revuelvo el bolso en busca del móvil. No es sano para mí pensar tanto en alguien, necesito concentración e invertir más energías en mí. También mi bolsillo se resiente. No llevo ni cinco minutos de viaje y ya te he escrito dos mensajes al móvil. O soy tonta o me gustas mucho.

1 críticas:

tipodeincógnito dijo...

Ya es la segunda vez que veo mis palabras revertidas en tus cosas, previo paso por el prisma de tus ojos. No es que me moleste, pero podías pedir permiso al menos, no cuesta tanto.
Pablo