No entiendo que te empeñes en disimularlo, no eres feliz. Lo sabemos todos, pero parece como si trataras de autoconvencerte de que no es así. No tarareas canciones mientras cocinas o friegas los platos, incluso hace semanas que no has regado las plantas. No prestas atención a las conversaciones, ya no piensas que de todo el mundo se puede aprender. Hace meses que no inicias un nuevo proyecto como hacias en tu vida pasada: aprender a bailar la danza del vientre, leer todas las obras de Gabriel García Márquez o enamorarte antes de la primavera. No eres feliz y se te nota. Lo vemos en tu forma de mirar, antes tenías los ojos más abiertos e inquietos, siempre buscando algo nuevo e insólito. Tu manera de andar también te delata, caminas mirando el suelo con con los hombres caídos, ya no te parece que vas a llegar a sitios importantes. Pero, sobre todo, nos damos cuenta cuando nos hablas, ya no cuentas anécdotas divertidas que nos hacían desternillarnos de risa después de la comida, en la sobremesa con el café, tu momento preferido del día. Ya no difrutas de este instante porque ahora recuerdas lo triste.¿Qué pasó?, ¿qué o a quién has conocido que te trajo la mala suerte?. Creo que el problema está sólo en tí. Puede que hayas dejado de ser una niña, que contempla ilusionada ver las carrozas pasar en espera de los Reyes Magos, pero ese no es motivo para ser desdichada. El sabor a derrota en la garganta tampoco tiene justificación. Tu padre ya no es Dios, y Dios ya no es tu padre. El profesor te ha expulsado de su clase, y ahora no sabes dónde estás. Estás llorando por leche derramada y eso no tiene sentido. La vida es eso que sucede a tu alrededor sin que te des cuenta, estás en peligro de convertirte en un viejo fósil antes de tiempo. Bien, tal vez no seas feliz, pero no seas tonta: la vida empieza ahora. Lo anterior sólo era el ensayo de la vida plena.
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