viernes 29 de febrero de 2008

Negro sobre blanco

Lunes, 1 de enero del 2001. Odisea en negro sobre blanco.


Estoy hasta las narices de ver, leer y escuchar chorradas presentadas como grandes verdades en la prensa, radio y televisión. Por ejemplo, esa que, desde hace varios días, enuncian como un gran acontecimiento social. “Iniciamos la semana, el mes, el año, el siglo y el milenio”, presagian en tono solemne los testigos del cambio de rumbo del mundo, sin darse cuenta de que siguen el curso de los que dan lo mismo de lo mismo para que todo siga igual. Llevan ya una semana con este estribillo que huele a chamusquina. Y hasta el último minuto que acabamos de pasar han insistido en la gran parida que ha servido para inaugurar el nuevo año.

No me siento afortunado por el hecho de vivir en lo que ellos llaman el "ombligo del mundo", siempre en el punto geográfico más céntrico y simétrico, sin caer en la cuenta de que existen tantos ombligos como puntos geográficos hay en nuestro mundo. Y, aunque hablo su mismo idioma, intento salirme de sus términos y adjetivos manipulados y me resisto a comulgar con sus ruedas de molino y a participar de sus paridas ideológicas.

Testigo soy de un país considerado como uno de los de mayor bienestar económico y social, de más baja mortalidad infantil, el tercero en cuando a la esperanza de vida y el decimocuarto en cuanto a la riqueza mejor repartida. Pero también uno de los de mayor desigualdad de riquezas y de renta de la Unión Europea; el que gasta menos fondos públicos en temas sociales; uno de los más bajos en gastos educativos, con un mayor fracaso escolar y con un alto nivel de ancianos desasistidos. Un país, en fin, que tiene las mejores escuelas privadas pero también las peores públicas, y que aparta sistemáticamente a sus profesionales por el hecho de haber superado los cincuenta años.

De esta manera, he pasado una jornada más sin sobresaltos ni falsas esperanzas, sin triunfos cantados, sin palabras ahogadas por el champagne ni iluminadas por castillos de luces artificiales. Y he transformado esta “2001, Odisea del Espacio”, presagiada por Stanley Kubritck al finalizar el siglo XX, en mi particular odisea en negro sobre el blanco papel, siguiendo los pasos de Julio Cortázar en su vuelta al día en ochenta mundos.

Antes de acostarme, me observo un instante en el espejo y contemplo esta figura triste y con las arrugas marcadas por ciertos desencantos. “Tal vez mañana –me repito una y otra vez– haya más suerte y encuentres un trabajo". Aunque reconozco que ya no soy un niño ni un mozo cualquiera, sino un peón derrotado. Tengo una calva incipiente y numerosos cabellos blancos, así como arrugas que delatan mis fracasos. Y pronto rallaré el definitivo otoño. Intento burlarme de esta referencia. Reírme un poco de mí mismo y de cuanto me rodea. Pero reconozco la decepción escondida en el fondo de mis pupilas. Me miro fijamente y sin pestañear, pese a las contradicciones y los golpes acumulados en mi rostro y presiento que mi imagen, bañada por la inseguridad profesional, desprende cierto desengaño.

De algo estoy, sin embargo, totalmente seguro: de que nací cincuenta y ocho años antes de finalizar el siglo XX y de que moriré antes de que pasen cincuenta más. De todo lo demás, me pesa una terrible duda.

5 de enero. Maestro, más que enemigo del fuego


Reconozco que, en mi vida, sólo sé hacer dos cosas: escribir y tocar la trompeta. De lo primero he ejercido de periodista durante gran parte de mi vida. He ejercido de escritor, en mis ratos de ocio, durante mi de paro laboral y en el resto de mi vida. Aunque, por mucho que me haya esforzado, no siempre he conseguido hacerme comprender. Y soy consciente de que necesito mucho ejercicio y corrección para llegar a expresarme medianamente bien.

Durante los últimos trece años, me he dedicado exclusivamente a escribir y a interpretar piezas musicales, sin dejar de desligarme del todo del periodismo. En estos momentos me siento lo mismo que un bombero al que, un día, le dejan de contratar oficialmente porque se le considera mayor. ¿Mayor –me pregunto yo– para quién o para qué? Porque, si se me exige que demuestre que sigo dominando el fuego, no hay ningún problema. Estoy acostumbrado a enfrentarme con él. Lo malo es que, por la excedencia de este oficio, se opta por contratar a los, laboralmente, menos reivindicativos porque ellos son más manejable y menos costosos. Lo que no quiere decir que los jóvenes sean menos exigentes.

Total que, al no participar oficialmente en sofocar ningún incendio, se me considera un desfasado y un bombero que ya no sirve para lo que es preciso. Además, consideran que rebaso en creces la edad para contenerlos y extinguirlos. Pero yo, enamorado del fuego, he aprendiendo a convivir con él. He conseguido cierto dominio sobre el mismo y he descubierto cláusulas secretas que me permiten conocerlo más a fondo, hasta creer ser capaz de someterlo y dominarlo a mi guisa. Algún día, si es que se presenta la ocasión, quisiera poder demostrar que no soy enemigo del fuego, algo que puede ser muy útil al hombre, sino que intento ser maestro del mismo, y que lo puedo convertir en algo aprovechable. Pero, entretanto, soy considerado como un viejo inútil por esta sociedad, que impone sus reglas y sus normas según su conveniencia y reparte certificados a su gusto. Y todo porque, a mi edad, soy un parado, sin relación alguna con el antiguo oficio de bombero o, en mi caso, de periodista.

Sin embargo, yo sé que, aunque sea un parado oficial, jamás he dejado de trabajar. En mis largos años de paro laboral, nunca he abandonado la escritura ni la música, belleza intelectual y acústica, y aliciente que surge espontáneamente de mi forma de vivir. Cuando se supera la barrera de los cincuenta, pasa uno a convertirse en un trasto desfasado en una sociedad competitiva. Pero mi relación con las letras y la música no han dejado de estrecharse y de mantenerme vivo. Llevo publicados cuatro libros de ensayos, más otros no publicados que duermen el sueño de los justos. Y he formado parte de bandas de música, de una sinfónica y de un conjunto de metales o instrumentos de viento. Jubilado, sí, y sin derecho a un trabajo como los demás, pero con una actividad más movida que nunca.

Lunes, 31 de diciembre. No estoy de acuerdo.


Hace 365 días que inicié, en plan casi suicida, este diario de un periodista en paro, como si fuera un condenado a muerte sin otra opción que contar los últimos días de su existencia. A medida que avanzaba en sus páginas, presentía lo difícil de mi meta. Sabía que nadie se atrevería a publicarlo o, en caso de conseguirlo, tal vez me acusaran de loco estrafalario, de suicida desertor, de vil traidor. Porque, ¿quién osa hoy a enfrentarse directamente con la prensa en activo? ¿Quién se arriesga a contar las mentiras e ilimitados poderes de la misma? ¿Quién se expone a ser crucificado en medio de las burlas de un enemigo implacable?

Incluso la prensa más libre está condenada a no contar todo lo que sabe, en aras al mejor entendimiento y a una supuesta concordia con quienes la sustentan. Porque “no hay ningún periódico ni revista en este país -me comentó Pedro Ruiz en cierta ocasión, el humorista y entrevistador televisivo- que publique una verdad que no convenga al capital que lo financia. En este sentido, mantengo que no hay periodismo libre porque todos los medios salvaguardan celosamente sus propios intereses, aunque vayan en contra de los intereses del público que los sostienen”.

A veces, me he preguntado si la idea de publicar “Zeta, el imperio del zorro” fue un acierto o un desacierto. “Te estás construyendo tu propia tumba –me decían los que sabían lo que estaba preparando–. Cada día que escribes es un ladrillo que pones sobre tu tumba. Y, cuando lo publiques, ya será demasiado tarde y no podrás salir de tu sepultura por más vivo que te sientas”. No me quejo de la profecía. Presentía que este libro sería una especie de suicidio profesional. Y sabía que no me quedaban muchas esperanzas de sobrevivir en este mundo en el que la solidaridad entre los explotadores es más viva que la de los que nos sentimos explotados. Pero, aún así, tenía que hacerlo. Porque era preferible morir gritando que vivir en el más vergonzoso silencio.

Durante este tiempo, he recuperado fuerzas que, de otra manera, hubieran quedado desperdigadas y diluidas. Es más, no sé cómo agradecer a quienes me cerraron las puertas. Necesitaba este periodo de reflexión. Lo necesita toda persona que intenta reestructurar su caos. Un periodo en el que las condenas y anatemas contra mí se centrifugan y pasan a ser, a la larga, defensas de mi libertad.

Concebido al finalizar el año 2000, mi plan kafkiano de escribir periódicamente lo que le sucede a un periodista en paro y lo que ocurre a su alrededor ha sido todo un reto para mí. Algo que acepté gratuitamente y que no me arrepiento haberlo llevado a cabo, pese a ser un reto inútil. Inútil por su obligada condena a no ser más que un diario personal, sin que apenas trascienda al público lector. Y un reto por osar enfrentarme a la prensa manipuladora. Pero, al fin y al cabo, un reto que ha valido la pena, aunque nadie se haya atrevido a publicarlo. Aunque su destino sea el olvido entre montañas de papeles inéditos que nunca verán la luz. Y viva condenado al ostracismo profesional, como Zola, tras escribir su carta abierta en L’Aurore.

Yo sé que las cosas no son tal como aparentan. Ni siquiera las que parecen ser más auténticas. Sé que aún puedo dar mucha guerra. Que, mientras no se demuestre lo contrario, tengo aún muchos días por delante para gritar mis protestas y manifestar mis desacuerdos. Aunque tenga que escribir derecho, con letras torcidas por las circunstancias. Sé que éstas seguirán siendo posiblemente adversas y que la lucha acaba de empezar. Pero sólo si resisto, conseguiré lo que busco. Este es mi objetivo dentro de un plan trazado de antemano. Por esta simple razón, que no implica ningún falso idealismo, me levanto frente al mundo de la prensa y digo con cierta sonrisa de complicidad: No estoy de acuerdo.

Pese a todo, hoy, San Silvestre, última jornada de este año, hago un balance de mis posibles errores de este diario y corrijo en lo posible mi objetivo. En esta guerra que ya había empezado cuando nací y que continuará tras mi paso por el mundo, me enseñaron a disparar contra todo enemigo. Siento que alguna bala se me haya escapado contra quien, en el fondo, no es directamente mi adversario y haya ocasionado daños colaterales. Siento que esta sociedad de clases se haya convertido en lucha constante entre amigos y enemigos ni buscados ni escogidos. Y que la confusión entre ambos se haya convertido en algo inevitable. Siento, sobre todo, que, en mis ataques y diatribas contra mis contrincantes, se levanten quienes, en el fondo, tengan mis mismos ideales y que nos estemos disparando ciegamente en una sociedad en lucha permanente de clases. Siento, en fin, que tenga que justificarme porque mis vocablos, frases, artículos y diarios, hayan causado daño a terceros y hayan sido recibidos como balas de verdad, cuando, en realidad, no disparaba más que balas de fogueo, aunque con verdaderos sentimientos de amor, odio, indiferencia y hastío. Todo, menos el liarme con la sacrosanta objetividad de los meapilas de turno.
Santiago Miró

Transcrito de “Diario de un periodista en paro”.
(http://www.smfdiario.blogspot.com/)