domingo, 24 de febrero de 2008

Miedo a ser feliz

Julia se inclinó sobre la barandilla de la terraza de la cocina con su taza preferida entre las manos. El té todavía estaba muy caliente para tomárselo, le gustaba calentarse las manos con la taza e ir bebiéndolo poco a poco, a pequeños y rítmicos sorbos. Pensó que había tenido una mañana de lo más relajada, su hija había pasado el fin de semana con su padre y él se encargaría de dejarla en el colegio. Pocos lunes tenía la oportunidad de cumplir con su ritual matutino de salir a la terraza a contemplar su barrio despertándose mientras se tomaba su acostumbrado té con limón. En las últimas semanas ni siquiera había podido disfrutar de este pequeño capricho diario. Su hija, Irene, estaba teniendo pesadillas noche tras noche. Julia se despertaba sobresaltada con los lloros de su pequeña y acudía veloz junto a su cama. Se quedaba cerca de una hora en su habitación hablándola muy bajito mientras la acariciaba el pelo. Era su peculiar forma de transmitirla que no te preocupara, nada malo le pasaría mientras ella estuviera a su lado. Cuando estaba completamente segura que Irene estaba nuevamente dormida regresaba a su dormitorio pensando en el duro dia que la esperaba tras haber dormido tan poco. Por la mañana las dos estaban agotadas y sólo tenían tiempo para vestirse y colocar los libros en la mochila para el colegio. Julia pensaba que esa etapa pasaría pronto, eran muchos los cambios que había tenido que afrontar su pequeña en los últimos meses: mudanza, cambio de colegio, su papá viviendo en otra ciudad... Tener miedo a las situaciones nuevas era algo que ni ella con casi cuarenta años podía evitar.

Julia comenzó a reflexionar acerca de la utilidad del miedo. Hacia tiempo que llegó a sus manos un libro de antropología por puro azar, alguien lo había olvidado en el autobús y no puedo resistir la tentanción de llevárselo. En él leyó que el miedo es la forma más común de organización del cerebro de los seres vivos. Se trata de un esquema orgánico de supervivencia. Resulta algo normal, una herramienta de autoprotección para todos los animales, ya que todo nuestro mundo nos es hostil desde que nacemos. El miedo resulta positivo en el sentido de adaptación al medio en que se vive. Pero los seres humanos lo llevamos mucho más allá como con cualquier otro aspecto de nuestra vida, la alimentación la convertimos en gastronomía, la sexualidad en erotismo y el miedo en ocasiones se convierte en la palanca que apaga la vida, en la terrible grieta que agranda el dolor. El miedo nos paraliza y de esta forma sólo coseguimos perder cosas que podrían ser nuestras, cosas que nos pertenecen por el mero hecho de estar vivos: alegrías, amores, besos, caricias, reconciliaciones, discusiones... Julia llegó a la conclusión que los humanos lo utilizamos mal, no lo comprendemos, le tenemos también miedo, miedo al miedo. Ese es el problema de nuestra especie, nos anticipamos a cualquier situación, tenemos miedo a cualquier señal que nos avise que nuestro pequeño mundo está por cambiar. Partimos de la falsa premisa de que no vamos a ser capaces de controlar la nueva situación. ¿Qué nos sucede, acaso somos todos videntes?

Y a veces, aunque nosotros no tengamos miedo, es el miedo de los demás lo que nos hace daño y nos lastima innecesariamente. El miedo de alguien que no confía en nosotros para realizar una determinada tarea. El miedo de esa persona que no te "avisa" de tus errores, por temor a que te enfades. El miedo de quien no se atreve a acercarse ni abrirse a los demás. Julia tenía la absoluta convicción que esto último es lo que había fallado en su matrimonio. Apuró su té y decidió que no podía seguir transmitiendo a su hija sus miedos e inseguridades. Desde el momento en que supo que estaba embarazada se había propuesto que su hijo o hija fuera una persona feliz, culta y, por encima de todo, libre. En los últimos meses había olvidado estos tres dogmas de fé como ella solía llamarlos. Fue justo en ese preciso instante cuando decidió devolverle al miedo esa aburrida y estructurada definición de diccionario. Debía hacerlo por ella misma, pero también, por su hija. Aclaró la taza en el fregadero, comprobó que no faltaba nada en su bolso y salió dedidida de su casa para enfrentarse un dia más al mundo. Con la ayuda de Irene le sería más fácil. "Juntas lo conseguiremos", fue su último pensamiento antes de cerrar de un portazo.

1 críticas:

La Maga dijo...

No sé si escribiré mal o bien, pero cada vez me siento más orgullosa de como lo hago, y esto es lo más importante. Espero que os guste.