martes, 12 de febrero de 2008

Carta de Viola a Teodoro


Quisiera saber escribir con un boli o una pluma sobre el papel, como lo hacen las personas normales. No es que no lo haya intentado alguna vez, pero me resulta tan difícil como dibujar. A lo máximo que llego es a mezclar formas y trazos abstractos y a inventarme colores que desconozco. Porque tanto para mí como para ti, Teodoro, la caligrafía , el dibujo o la pintura, son uno de los dones que, a ciegas, nunca sabremos practicar.

¿Sabrías tú dibujar como hizo Picasso o Van Gogth? ¿Sabrías escribir como lo hace el resto de la gente normal, aplicando esos raros caracteres que nos imaginamos para confeccionar una carta, un relato, una crónica? ¿Sabrías expresarte en breves e infantiles trazos, como hacen los niños? Ellos sí pueden jugar con los signos de la escritura. Y pueden comunicarse en sus cuadernos o en sus hojas en blanco, en donde plasman sus fobias y sus deseos más ocultos. En cambio, nosotros... Ni tú, ni yo, llegaremos a su altura, desde el momento en que nuestros ojos sólo esconden un vacío. Y a lo máximo a que aspiramos es a suplir nuestra escritura por otros signos convencionales basados en el tacto. Me refiero al braille que nos permite comunicarnos.

Pero el corazón y los sentimientos son a veces tan distintos cuando se observan sin ser vistos... Tú mismo, Teo, nunca supiste descifrar ni siquiera por ese sistema de escritura lo que sientes cuando estás conmigo –¿cómo ibas a hacerlo si ni siquiera oralmente fuiste capaz?–. Ni supiste comprenderme, más allá de lo que tu tacto y tus deseos alcanzaron. Y tus lazos afectivos excesivamente egoístas cojearon tanto como nuestra relación.

Tampoco yo, lo reconozco, supe, tal vez, expresarme correctamente. Aunque confío en que, por medio de esta carta, escrita con el corazón en la mano, logre comunicarte lo que siento con la suficiente claridad y consiga mi objetivo. Al menos eso espero y deseo, aunque tal vez te sorprenda y te obstines en no querer comprenderme.

Dirás, en primer lugar, que hubiera podido utilizar la palabra por la que nos comunicamos habitualmente. Pero ¿de qué sirven todas las palabras cuando también el corazón está ciego? Dirás que hubiera podido decírtelo personalmente, sin necesidad de acudir al braille. Pero mucho me temo que tus continuas interrupciones y protestas no me hubieran permitido terminar lo que intento comunicarte. Y ¿de qué hubieran servido tus protestas, tus besos interesados y tus oportunistas carantoñas?

Siento, amigo Teo, que este sea mi último y definitivo mensaje. De ahora en adelante, sólo podrás escucharme a través de mi música, transmitida por mi inseparable violonchelo, aunque tu duro oído no acierte a comprenderla y, personalmente, temo que la tónica de nuestro entendimiento pueda mantenerse. Porque tú sólo comprendes el lenguaje de tu pasión, bruta y desbordante, pero desprovista de la ternura y la comprensión que tantas veces te he requerido.

Te preguntarás el por qué de mi drástica y personal decisión. La razón no es otra –¿por qué seguir ocultándolo?– que mi exclusiva entrega a otra persona. Sé que te sorprenderá esta dura decisión. Sobre todo a ti que, corroído por los celos, siempre descartaste compartirme con otros. Aunque debo advertirte que no se trata de otro hombre cualquiera. Es alguien no lejos de mi entorno y forma parte de la sinfónica en la que trabajo. Alguien que es capaz de oír y escuchar perfectamente lo que interpreto y se adapta a cualquier clave y tonalidad, además de percibir a la perfección, con los ojos de su alma, las notas emitidas por mi vilonchello. Alguien, en fin, que ve en mí lo que tú nunca supiste percibir ni con tus ojos ni con tu corazón.

Quizás hubiera sido mejor despedirme de ti sin ninguna explicación. Así, sin más, como un punto y aparte que termina con nuestra relación de hace casi dos años. Pero siempre me hubiera quedado con la mala impresión de no haber terminado debidamente mi partitura. Tú sabes muy bien que eso, en mi complicada, pero ordenada vida, no forma parte de mí. Yo llego hasta donde haga falta. Pero, una vez que he alcanzado mi objetivo, nunca vuelvo atrás. Aunque no sea capaz de distinguir con mis ojos el día de la noche, ni la luz, ni los colores, sé que esta vez he acertado en el blanco.

Siento, Teodoro, que estas letras y signos de puntuación expresadas en relieve emborronen tu visión sobre mí, en lugar de aclarártela. Luis Braille, este inventor parisino que nos permite expresarnos gracias a esos signos conocidos por ambos, captados por las yemas de los dedos, está también de mi parte.

Como sé, porque te conozco, que el anonimato de mi nuevo amor te corroerá por dentro y que intentarás, probablemente por venganza, desprestigiarlo ante mis oídos, te aconsejo que no pierdas más el tiempo. En este momento ya no eres más que un becuadro en mi vida. Y, ni tú, ni nadie, podrá apagar, en adelante, ese amor que me abrasa por dentro. Un amor que es capaz de sonar, con su ternura o su pasión, como las notas más vibrantes de las cuatro cuerdas que componen mi violonchelo. Porque proviene también de la música e ignora y hasta desprecia otros tonos y acentos que tanto se asemejan al tuyo.

Te diré incluso su nombre, para ahorrarte trabajo. Puede que así dejes de atormentarte, aunque sé que nunca comprenderás mi decisión. Se llama Eva y es mi nueva, y pienso que definitiva, amante y compañera.

Se despide para siempre de ti,
Viola.